Así se defendió Arica desde el mar en la Guerra con Chile: con valor

20 Jun 2022

Así se defendió Arica desde el mar en la Guerra con Chile: con valor

La mañana del 7 de junio de 1880 nuestra bandera no solo flameó al tope en el ensangrentado Morro de Arica hasta el momento en que se consumó la tragedia con el holocausto de , Juan Guillermo Moore y de gran número de oficiales y soldados. También ondeó en el mar, impoluta, en los mástiles de dos buques peruanos: el monitor Manco Cápac y la lancha torpedera Alianza. Añoso, obsoleto, construido para la navegación fluvial, apenas algo más que una batería flotante, el primero; frágil, pequeña, casi inerme, la segunda. Ambos buques habían defendido la rada de Arica en la etapa previa al asalto final del invasor. Un día antes, el 6 de junio, el monitor Manco Cápac, gracias al esfuerzo titánico de su gallarda tripulación, había encendido sus maltrechas calderas y, en son de combate, con pausado andar, zarpó del fondeadero para cambiar disparos por más de 60 minutos con el blindado chileno Cochrane.

En las primeras horas del día 7, el capitán de fragata José Sánchez Lagomarsino (1843 – 1898), comandante del Manco Cápac, se dio cuenta que todo estaba perdido en Arica y entonces decidió hundir su buque para que no se convirtiera en trofeo del enemigo. Dada la orden, fue puesta en práctica con admirable eficacia y entereza, quedándose la dotación en sus puestos de combate hasta que el agua invadió la máquina, el sollado, las cámaras y la santabárbara del viejo monitor. Recién entonces nuestros marinos abandonaron el buque que terminó de hundirse al estallar las cargas de dinamita que se le habían colocado. Con sus pabellones “al asta y tope de su torre”, fuera del puerto, en el centro mismo de la bahía, se hundió a las 8.42 de la mañana. Los hombres del Manco Cápac fueron hechos prisioneros y llevados a bordo del transporte chileno Itata, desde donde Sánchez Lagomarsino redactó el parte oficial correspondiente dando cuenta de la elevada moral y austera conducta de la dotación que lo secundó durante la ruda campaña. Peruanos a los cuales “ni la desnudez ni privaciones de todo género en las excepcionales condiciones del Monitor - señala el documento aludido - aminoró jamás su decisión y empeño por cumplir del mejor modo posible el sagrado deber de defender la patria”.

Casi al mismo tiempo que se hundía el Manco Cápac, la lancha torpedera Alianza, aquella diminuta embarcación llevada por el comandante Manuel Villavicencio a bordo de la corbeta Unión la vez que rompió en dos oportunidades el bloqueo de Arica, intentó escapar, cumpliendo órdenes de Sánchez Lagomarsino, rumbo al Callao. Inició la marcha perseguida por el blindado Cochrane y el transporte artillado Loa. Poco después, el teniente primero Manuel Fernández Dávila (1840 – 1908) comandante de la torpedera, comprendió que la empresa era imposible, ya que la caldera de la pequeña nave, por el esfuerzo a la que fue sometida, quedó seriamente averiada. Fernández Dávila decidió entonces destruir la lancha a una milla al sur del Cabo Picatá desembarcando allí a su dotación que emprendió la marcha por tierra con dirección a Moquegua. Desgraciadamente, todos cayeron en manos de una patrulla de caballería chilena.


Oficiales y tripulantes de ambos buques fueron llevados a San Bernardo, en Chile, prisioneros de guerra, y allí permaneció la mayoría de ellos hasta la finalización de la contienda, pudiendo recién entonces retornar a la patria. Después de la guerra con Chile, Sánchez Lagomarsino fue prefecto de La Libertad y posteriormente de Lambayeque. Ascendió a capitán de navío y fue designado director de Marina donde llevó a cabo una estupenda labor. El 2 de enero de 1888 fue comisionado para tomar posesión de los vapores Yavarí y Yapurá adquiridos por el gobierno del general Andrés A. Cáceres. José Sánchez Lagomarsino estuvo casado con doña Beatriz Dañino Rodríguez.

A Manuel Fernández Dávila le cupo un papel muy importante en el difícil proceso de recuperación de nuestra Marina de Guerra. Todo estaba por hacer y junto a otros oficiales, tan valiosos como él, no dudó en aceptar el al mismo tiempo duro y patriótico reto. Fernández Dávila formó parte de la dotación de las primeras unidades navales con las que se pudo contar después de la Guerra del Pacífico. Llegó a la jerarquía de capitán de fragata. Estuvo casado con doña Lucía Guillet.


Héctor López Martínez

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